El 7 de mayo de 1919 nacía en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, María Eva Duarte, quien más adelante sería afectuosamente bautizada “Evita” por sus queridos descamisados. 

Desde su pueblo natal, llegó a Buenos Aires a los 15 años cargando sus sueños de actriz y en 1944, durante un festival organizado para recaudar fondos para los damnificados por el terremoto de San Juan, conoció al coronel Juan Domingo Perón, con quien se casaría días después de la más grande manifestación obrera del país que pidió por la libertad de su líder el 17 de octubre de 1945.

Con apenas 27 años, Eva emprendió una labor sin precedentes en cada rincón del país desde la Secretaría de Trabajo y luego desde la Fundación que llevó su nombre, y que comprendió obras como la construcción de un hogar de tránsito en la capital para mujeres del interior, una ciudad infantil con juegos y educación para los niños, hogares para ancianos, escuelas, hospitales, ciudades estudiantiles, colonias de vacaciones para los hijos de los trabajadores, torneos deportivos y la innovadora cadena de proveedurías para la compra de artículos de primera necesidad a precios accesibles.

Como si todo esto fuera poco, también fue promotora del voto femenino y de la participación activa de las mujeres en la vida política, luchó arduamente por el reconocimiento y la garantía estatal de los derechos de los trabajadores y garantizó la masividad de la enseñanza media y superior.

Visitó la provincia del Chaco en diversas ocasiones, durante la campaña presidencial de Juan Domingo Perón en febrero de 1946 y en mayo de 1949, oportunidad en la que junto al presidente inauguró el barrio que llevó su nombre hasta los años de la dictadura cívico militar, cuando pasó a llamarse Monseñor Carlo. En el lugar, Evita izó la bandera argentina por primera vez y el escenario fue utilizado por ella como epicentro para demostrar que Chaco reunía las condiciones para ser una provincia.

 

Esto, más su carta al Congreso en la que manifestaba que “el Territorio del Chaco vuelca en el país sus riquezas magníficas, desde el algodón a sus maderas, donde se exalta día a día la dignidad del trabajo, que es la más alta dignidad de los hombres y mujeres del pueblo”, hicieron posible que el 8 de agosto de 1951 se lograra la provincialización.

Con sus infinitas acciones, Evita fue la mujer que encarnó el lema justicialista de “mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar” y compartió junto a Perón el liderazgo carismático del peronismo, demostrando una gran capacidad de construcción política y llegando a manejar dos de las tres ramas del movimiento: la femenina y la sindical.

Eva significó la conquista de derechos sociales y una representación política genuina para un enorme sector de la sociedad argentina que le valió el título de “Jefa espiritual de la Nación”, aunque su poder y su compromiso fueron también considerados como una ofensa a la moral, una alteración del orden social, una expresión de autoritarismo y un atropello a las instituciones republicanas por los minoritarios sectores conservadores y oligárquicos del país.

La “Abanderada de los humildes” pasó a la inmortalidad el 26 de julio de 1952 tras una terrible enfermedad. El multitudinario velorio en el Ministerio de Trabajo y Previsión con colas de hasta 35 cuadras se prolongó hasta el 11 de agosto, cuando su cuerpo fue trasladado al Congreso Nacional para rendirle los correspondientes honores y, al día siguiente, la mayor procesión nunca vista en Argentina hasta ese momento fue presenciada por 2 millones de personas que lloraron la pérdida de la mujer que había amado y entregado su vida por el pueblo.

A cien años del nacimiento de la única que se dio el lujo de coronarse por los humildes y constituye el corazón del Movimiento Nacional Justicialista y de la Patria toda, su sueño de una Patria justa, libre y soberana sigue vigente en todos aquellos que hicieron propia su solidaridad y que llevan la justicia social como bandera de lucha.

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