El 12 de junio de 1947 Juan Domingo Perón se dirige por última vez al pueblo argentino en Plaza de Mayo. Allí se despachó con una dura crítica hacia quienes estaban “en una campaña psicológica de los elementos negativos de la nacionalidad, aliados a la acción foránea empeñada en anular el despegue argentino”.

 

Con sus 78 años a cuestas, la voz ronca de Perón mencionó a los “enemigos que han comenzado a mostrar sus uñas”, habló de “enfrentar a los malintencionados y a los aprovechados”, y sostuvo que “ni los especuladores, ni los aprovechados de todo orden podrán, en estas circunstancias, medrar con la desgracia del pueblo”.

 

Un Perón que había vuelto de 17 años de exilio hablando de unidad nacional y pacificación, destacó ese último día en la plaza que no quería “que nadie nos tema; queremos, en cambio, que nos comprendan”, y recalcó que “frente al engaño y frente a la violencia, impondremos la verdad, que vale mucho más que eso”.

 

Al cabo de un discurso de poco más de 13 minutos, el líder dijo lo que todos querían escuchar: “Compañeros, esta concentración popular me da el respaldo y la contestación a cuanto dije esta mañana”, lo que fue respondido por una de las más fuertes y prolongadas ovaciones de la tarde.

 

Luego vendría para la posteridad su célebre frase de “llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”, una verdadera despedida ante un pueblo que lo ungió como conductor indiscutido durante tres décadas.

 

Pasaría a la inmortalidad el 1 de julio de ese mismo año, recordado como el gran conductor de los trabajadores y del pueblo argentino.

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