El 11 de mayo de 1974 moría acribillado a balazos el padre Carlos Mugica cuando salía de la Iglesia Francisco Solano, donde acababa de celebrar una misa.

 

Sacerdote, militante social, peronista, hombre comprometido con los pobres hasta el punto de renunciar a todo para compartir junto a los marginados su lucha por la dignidad.

Ordenado sacerdote en 1959, siempre reafirmó su compromiso social desde su opción religiosa. “Creo que la misión del sacerdote es evangelizar a los pobres e interpelar a los ricos”, afirmó en algún momento. En 1968 viajó a Francia para estudiar epistemología y comunicación social, y poco después fue hasta Madrid para encontrarse con Juan Domingo Perón, a quien años más tarde acompañaría en su primer regreso al país.

Adhirió al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y se instaló en la capilla Cristo Obrero en la Villa 31 de Retiro, donde desde 1999 descansan sus restos. En 1973, durante el gobierno de Héctor Cámpora, fue asesor honorario del Ministerio de Bienestar Social que estaba encabezado por José López Rega. De allí se fue enfrentado con el ministro vinculado con la Triple A y denunciando que no se estaba atendiendo las necesidades de los villeros a los que él quería representar.

La muerte de Mugica fue un asesinato con claros fines políticos. Poco tiempo antes y frente a las amenazas que recibía, pronunció una de sus frases más recordadas: “Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia luchando junto a los pobres por su liberación. Si el Señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición”.

Había nacido en Buenos Aires el 7 de octubre de 1930.

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