En medio de un clima de agitación obrera, el Comité Central Confederal de la CGT había declarado la huelga general para el 18, para reclamar ante el gobierno el mantenimiento de los beneficios laborales obtenidos durante la gestión de Perón. La mañana del 17, grandes masas de trabajadores del conurbano marcharon hacia Plaza de Mayo para exigir la liberación del exsecretario de Trabajo y Previsión. Allí permanecieron todo el día, mientras el gobierno negociaba con el comité de huelga y con el mismo Perón. Por la noche, luego de que el gobierno aceptara reemplazar su gabinete por otro "adicto" a Perón, éste dirigió un discurso a los movilizados.

 

En los días que siguieron, la versión de los hechos que dominó en la prensa de la Capital Federal (favorable en su mayoría a la oposición) quitaba trascendencia histórica a la movilización, reducida a "grupos revoltosos" no representativos del proletariado. Los periódicos socialistas (La Vanguardia) y comunista (Orientación) adjudicaban a Perón la organización de la marcha, mediante la manipulación del lumpen-proletariado (individuos marginales y criminales).

 

La revista oficial de la CGT prefirió ignorar lo ocurrido el 17 y centrarse en la exaltación de la huelga del 18. Sólo La Época, el único diario importante que apoyaba a Perón, presentaba un relato similar al que luego se transformaría en oficial: el pueblo se había movilizado espontáneamente, a efectos de rescatar a su líder máximo.

 

Frente a estos hechos, la agitación creció en el seno del movimiento obrero. Entre los trabajadores existía la convicción de que la caída de Perón significaría el triunfo de los sectores capitalistas y la posibilidad de perder las conquistas sociales obtenidas. Por ello, el 17 DE OCTUBRE de 1945, al conocerse la renuncia de Perón, los obreros comenzaron a movilizarse en distintos lugares del país. No sólo hubo paros y manifestaciones espontáneas, sino que muchos gremios -en el Gran Buenos Aires, Rosario, Tucumán- declararon en los hechos una huelga general, desbordando a la conducción de la CGT que la había convocado para el 18 de octubre. La movilización de las masas obreras consiguió la liberación de Perón y aseguró la continuidad de sus conquistas sociales.

 

Partido Laborista

 

Luego de los sucesos del 17 de octubre, el movimiento obrero buscó consolidar su iniciativa política. Esta voluntad se expresó en la creación de un partido obrero: el Partido Laborista (PL). La fundación del nuevo partido fue interpretada por los viejos sindicalistas como la realización de sus reclamos de participación política independiente en el plano político. La carta fundacional del Laborismo prohibía expresamente "el ingreso de personas de ideas reaccionarias o totalitarias y de integrantes de la oligarquía". Participaron en su creación dirigentes del más variado origen: socialistas, sindicalistas revolucionarios, radicales, independientes y miembros de la CGT. La primera comisión directiva estuvo encabezada por Luis Gay (telefónico) -nombrado presidente del partido- y Cipriano Reyes (del sindicato de la carne de Berisso), como vicepresidente. El resto de los dirigentes eran obreros de más de 15 años en la actividad sindical.

 

El programa del PL proponía la convocatoria a elecciones democráticas y una organización económica y social para el país, basada en una "necesaria redistribución de los ingresos, que mejore los salarios y las condiciones de vida de los trabajadores. La democracia política -sostenía- debe complementarse con la democracia económica". El PL se mantuvo hasta 1946 y luego de las elecciones, por iniciativa de Perón, fue disuelto. Su lugar fue ocupado por el Partido Peronista.

 

La versión oficial del acontecimiento fue destinada a transformarse en hegemónica, se fue gestando durante el gobierno de Perón por medio de la propaganda y la elaboración de un ritual que se repetiría todos los años. En 1946, el 17 de octubre fue denominado "Día del pueblo" y declarado feriado nacional por ley del Congreso. El nombre elegido evocaba la lucha de los trabajadores por sus reivindicaciones. Sin embargo, el acto oficial celebró el "Día de la Lealtad".

 

Con esta frase, el protagonismo de los trabajares era reemplazado por su adhesión incondicional a un líder. En su discurso, Perón anunció las características que el festejo tendría de ahí en más: se trataría de un diálogo sin mediaciones entre el líder y su pueblo, en el que aquél pediría su ratificación como tal. El ritual reproducía así la certeza dada a la movilización del '45: la reinstalación de Perón en el poder.

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